Esta pequeña península rocosa de la Costa de Azahar, en la provincia de Castellón, se adentra en el mar como si no quisiera pertenecer del todo a tierra firme. Callejuelas empedradas que suben y bajan sin avisar, casas blancas que reflejan la luz como si fueran de cal recién puesta, un castillo medieval coronando la colina y, alrededor, un mar Mediterráneo que cambia de azul según la hora del día. Si buscas un destino de costa con historia de verdad detrás, sigue leyendo.

El casco antiguo de Peñíscola es prácticamente peatonal y se recorre a pie sin prisa. No hace falta mapa: basta con dejarse llevar cuesta arriba por sus calles estrechas, muchas de ellas con nombres tan curiosos como “Calle de las Rocas” o “del Sol”, hasta llegar a la explanada del castillo, desde donde las vistas del pueblo, la playa y el horizonte marino compensan cualquier subida. Bajando de nuevo hacia el mar, el paseo marítimo conecta con la playa Norte, de arena fina y aguas tranquilas, ideal si viajas con niños.

Pasear por el Parque de Artillería, un jardín a los pies de las murallas, junto al mar, es perfecto para tener vistas al castillo desde otro ángulo.

Y por supuesto tienes que subir al faro y al Bufador, una grieta en las rocas donde el oleaje empuja el agua con fuerza hacia arriba, un espectáculo natural curioso sobre todo en días de mar movido.

Y si quieres aprovechar y disfrutar de las playas tienes la playa Norte, urbana y de fácil acceso, y la playa Sur, más extensa, con zonas menos concurridas hacia el Pinar de Peñíscola, una zona natural protegida ideal para rutas a pie o en bicicleta entre pinos y dunas

Si quieres ver el pueblo y el castillo desde el mar, lo mejor es hacer una ruta en barco: es la perspectiva que mejor explica por qué Peñíscola se compara a veces con Gibraltar.

Peñíscola también conserva restos de sus murallas defensivas del siglo XVI, mandadas construir por Felipe II, que aún rodean parte del casco histórico y le dan ese aire de fortaleza inexpugnable asomada al mar. Y si el nombre del pueblo te suena de algo más reciente, no es casualidad: sus calles y su costa sirvieron de escenario para varias escenas de Juego de Tronos, además de haber sido plató en su día de El Cid, protagonizada por el mítico Charlton Heston.

El castillo del Papa Luna

Si hay un protagonista indiscutible en Peñíscola, ese es su castillo. Situado en el punto más alto de la península, domina el paisaje desde cualquier ángulo del pueblo y es, sin duda, la visita imprescindible.

El castillo fue construido a principios del siglo XIV por la Orden del Temple, sobre los restos de una antigua alcazaba musulmana, lo que lo convierte en una de las pocas construcciones de la Orden del Temple que aún se mantiene en pie en Europa. Su momento de mayor protagonismo histórico llegó entre 1411 y 1423, cuando se convirtió en residencia del célebre “Papa Luna”, Benedicto XIII, una de las figuras más fascinantes y controvertidas de la historia de la Iglesia. De ahí que el castillo sea conocido popularmente como el Castillo del Papa Luna. Para entender por qué un papa acabó viviendo en un castillo frente al mar en Castellón, hay que remontarse al llamado Cisma de Occidente (1378-1417), uno de los episodios más turbulentos de la historia medieval de la Iglesia católica. Durante casi cuarenta años, la cristiandad occidental llegó a tener simultáneamente dos, e incluso tres, papas: uno en Roma y otro en Aviñón (Francia), cada uno respaldado por diferentes reinos europeos y ambos reclamando ser el legítimo sucesor de San Pedro.

Pedro Martínez de Luna, aragonés de nacimiento, fue elegido papa en Aviñón en 1394 bajo el nombre de Benedicto XIII. Cuando el Concilio de Constanza intentó poner fin al cisma nombrando a un papa único y le pidió que renunciara, Benedicto XIII se negó rotundamente a ceder su legitimidad. Fue depuesto por el concilio, pero él nunca aceptó esa decisión y se refugió primero en Peñíscola, protegido por su tierra natal aragonesa, desde donde continuó considerándose el único papa legítimo hasta su muerte en 1423. Un dato curioso que, como italiana, me ha llamado mucho la atención es que su terquedad, casi legendaria, dio lugar a la expresión popular “mantenerse en sus trece”, que muchos historiadores atribuyen a su tozudez durante estos años.

La visita permite recorrer distintas estancias que reflejan las diferentes etapas de la fortaleza: el zaguán de entrada, las antiguas caballerizas, el cuerpo de guardia, las estancias papales, la biblioteca y la capilla, además de las murallas y terrazas exteriores, desde donde se disfrutan algunas de las mejores panorámicas de toda la Costa de Azahar. Te recomiendo visitar el castillo a primera hora de la mañana o al atardecer, cuando la luz sobre la piedra es especialmente bonita y hay menos gente y menos calor!

La visita al castillo cuesta 5€ y la entrada te da acceso también a los Jardines de la Artillería. Las puedes comprar aquí.

No te puedes ir de Peñíscola sin probar la gastronomía local: el famoso “All i pebre” de pulpo, el “suquet” de pescado y todo tipo de arroces marineros ya que su puerto pesquero activo y su lonja abastece a buena parte de los restaurantes del pueblo. Te recomiendo el Restaurante Vista al Mar o el Restaurante Barra Alta.

Y si quieres hacer un tapeo o un aperitivo mirando la puesta de sol te recomiendo La muralla.

Espero que disfrutes de tu visita en este precioso rincón de la Comunidad Valenciana con mucha historia! Hasta la próxima aventura!

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